

Hay noticias que no sorprenden. Solo confirman lo que muchos llevan años denunciando: la banca no aprende. Y si aprende, no cambia. El Tribunal Supremo ha condenado a CaixaBank a indemnizar a tres colegios por colocarles productos financieros complejos que ni comprendían ni necesitaban. ¿La palabra clave? Swap. Pero la real es otra: engaño.
Tres centros educativos firmaron estos productos creyendo que protegían su financiación. Lo que acabaron contratando eran instrumentos de alto riesgo, diseñados para proteger al banco, no al cliente. No estamos hablando de inversores profesionales, ni de fondos de inversión agresivos. Eran colegios. Instituciones educativas. Gente que se dedica a enseñar, no a jugar a la ruleta financiera.
CaixaBank, como tantas otras veces, se parapetó en los contratos. En la letra pequeña. En el “ellos firmaron”. Pero esta vez ni la justicia ha podido ignorar lo obvio: que la entidad no informó adecuadamente de los riesgos, y que abusó de una posición de poder frente a instituciones que confiaban.
¿Qué significa esto?
• Que un banco que presume de “cercanía”, “confianza” y “responsabilidad social” colocó productos financieros de alto riesgo a centros educativos.
• Que el Tribunal Supremo ha tenido que recordarles lo que es un principio básico de cualquier relación contractual: la buena fe.
• Y que CaixaBank tendrá que pagar. No por voluntad, sino porque lo ha ordenado un juez.
¿Esto es una excepción? Difícil de creer. Esto es la punta de un iceberg llamado “banca de productos”, donde el objetivo no es asesorar, sino colocar. Y si el cliente no entiende, mejor: más margen.
Quizás lo más triste no es lo que ha pasado, sino que pase tanto y se hable tan poco.
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